Domingueros Viti

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Despacio, despacio...Vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir.

jueves, 8 de septiembre de 2022

Béjar. Salamanca

 * https://www.aytobejar.com/iv-marcha-senderista-la-salamanquesa/?fbclid=IwAR1dhpYW3V74XlIolayLi9BKzDI31KGawhymzAWBnvELsW_wvr4gzJ9Ue0E


Desde la concejalía de Museos se ha presentado la marcha senderista “La Salamanquesa” que se realizará este año el domingo, 18 de septiembre con salida desde el Museo Judío David Melul de Béjar.

Una ruta de 14 km desde Béjar hasta la Calzada y vuelta a Béjar en el que se recorrerá antiguos caminos y conoceremos plantas medicinales que utilizaban los judíos en el Edad Media.

Las inscripciones se encuentran abiertas, con un precio de 5 € por personas y se pueden realizar a través de WhatsApp en el número 685 95 77 19 o a través del correo electrónico info@museojudiobejar.com


















































* https://www.museojudiobejar.com/

David Melul, creador y mecenas del museo que lleva su nombre, nació en Melilla el 20 de abril de 1928. En 1946 llegó a Béjar para estudiar en la entonces denominada Escuela de Peritos Industriales (hoy Escuela Técnica Superior de Ingeniería Industrial de la Universidad de Salamanca). Pasó en la ciudad varios años, y completó sus estudios de ingeniería textil en Tarrasa. Se instaló en Barcelona, concretamente en el edificio donde estaba la sede de la comunidad judía, en la Avenida de Roma. Allí conoció a su mujer, Adelina Nacmías, con la que tuvo cinco hijos: Daniel, Rafael, Raquel, Mario y Víctor. Fue también en esta ciudad donde puso en marcha sus primeros proyectos industriales a partir de una pionera e innovadora empresa textil orientada a productos del hogar: Hispano Tex

Fue el primer cónsul honorario del Estado de Israel en Barcelona y presidente de honor de la Comunidad Israelita de aquella ciudad. Preocupado por su entorno y por contribuir al desarrollo social y cultural, puso en marcha un buen número de proyectos filantrópicos destinados a fortalecer y difundir la identidad, continuidad, cultura e historia del pueblo judío, como el Colegio Hatikva de Valldoreix (Barcelona) y el Liceo Judío David Melul en Melilla.

Nunca perdió su vinculación con Béjar, lo que le llevaría a visitar la ciudad con cierta frecuencia. En uno de esos viajes, a finales de los años 90 del pasado siglo, impulsó la puesta en marcha de este museo a partir de su conocimiento del pasado hebreo de la ciudad, y de su interés por contribuir con su ayuda a la difusión de la cultura y la historia de los judíos.

Falleció en Melilla, la ciudad que le vio nacer, el 15 de octubre de 2007.

El Museo Judío David Melul se ubica en una casa solariega de mediados o finales del siglo XV, situada dentro de un conjunto monumental integrado por la Iglesia de Santa María la Mayor, con ábside mudéjar del siglo XIII, algunas interesantes viviendas burguesas, una antigua fábrica textil del siglo XVIII con escudo de Carlos III en su fachada, así como el edificio de la fábrica de guantes, que data de mediados del XIX. Localizado en la trasera de lo que fue el palacio de los Duques de Béjar, el edificio de tres plantas, adquirido por el Ayuntamiento en el año 2003 gracias a la aportación económica de David Melul, fue objeto de un importante proceso de rehabilitación y acondicionamiento para su uso museístico por parte de la empresa COMARQ-IV, bajo la dirección del arquitecto bejarano José Luis Rodríguez Antúnez.

El Museo Judío de Béjar


En el primer nivel el visitante encontrará información sobre la historia de los judíos en España, incluyendo su presencia en Béjar y su entorno. Piezas de especial interés son el Fuero de Béjar, en el que se establecen las normas por las que organizan su convivencia cristianos, musulmanes y judíos; la lápida sepulcral de Doña Fadueña, de entre los siglos XII y XIV, que fue encontrada en perfecto estado a finales del XIX; así como diversos elementos originales utilizados en las ceremonias sagradas de los judíos (Menorot, megillot, tefillim y tallitot…) y elementos de la vida cotidiana en la Edad Media (monedas, documentos de compra, venta y arrendamiento, etc). El recorrido por la planta baja concluye con un audiovisual sobre el Decreto de Expulsión de los judíos por los Reyes Católicos en 1492.

Detalle de ToráLa primera planta está dedicada a los conversos en la España posterior a la expulsión. Aquí el visitante podrá disfrutar de una hermosa maqueta de Béjar en el siglo XV, en la que pueden localizarse los espacios en los que está documentada la presencia de judíos. También se exhiben documentos relativos a procesos inquisitoriales, una Megillah Esther del siglo XVII, diversos libros relacionados con la pureza de sangre y con Don Francés de Zúñiga, un destacado personaje bejarano del siglo XVI, posible converso, que formó parte, como bufón, de la corte del Emperador Carlos V sobre la que escribió su Crónica burlesca.

En la segunda planta, completando el ciclo de quienes decidieron mantenerse en su fe y abandonaron  España, está la parte dedicada a los sefarditas, con información gráfica de las rutas que tomaron en su exilio hacia otros países de Europa, Asia y América, así como material audiovisual sobre su lengua, el judeoespañol, y testimonios de judíos llamados Béjar, Behar, Bejarano, Bicerano y otros apellidos que hacen referencia a su origen y que nos han hecho llegar fotografías y otros materiales de interés.

El museo también dispone de una sala de conferencias y sala de investigadores, así como aseos en la planta baja y una pequeña tienda.

Los Judíos en Béjar

La historiografía señala que en Béjar y las tierras de su antiguo señorío, que ocupa parte de las actuales provincias de Salamanca, Ávila y Cáceres, hubo presencia continuada de judíos al menos desde el final del siglo XII hasta la expulsión. Está documentada su presencia en algún momento del final de la Edad Media en localidades como Becedas, Gilbuena y Solana (Ávila), Béjar, Candelario, La Cabeza, Fuentes, Navalmoral, Peromingo, Santibáñez y Sorihuela (Salamanca) y Hervás (Cáceres), siendo Béjar la capital del estado feudal que desde mediados del siglo XIII fue administrado por los Zúñiga. De todas ellas solo Béjar y Hervás están documentadas como aljamas, y por tanto dotadas de los servicios e instituciones que permitían a los judíos la completa vivencia de su fe: sinagoga, escuela, baños rituales, carnicería, horno, hospital y cementerio, entre otros.


El Fuero de Béjar recoge las normas de convivencia de los nuevos moradores de la villa, repoblada en buena parte por abulenses. Allí se recoge que los judíos de Béjar pueden jurar por la Torá en los juicios que mantuvieran con la población cristiana, así como disponer de juez propio que ejercía junto con el cristiano en los pleitos que atañeran a personas de ambas creencias, y señalaba los viernes y los domingos como los días establecidos para que pudieran usar los baños públicos.

No existe constancia de la presencia en Béjar de una cerca o muro que separara los barrios judíos de los cristianos, al contrario de lo que señalaba la legislación castellana, y por la documentación investigada pueden consignarse viviendas de familias judías en el entorno del palacio ducal y de las iglesias de Santa María, San Gil y San Juan.

Las persecuciones y sucesos violentos de 1391 en varias localidades del Sur de España motivó un éxodo de judíos hacia la Meseta, con el consiguiente aumento de la comunidad hebrea en lugares como Béjar y Hervás. Precisamente con motivo de la llegada de más judíos y su instalación en una nueva zona de la villa podría haber sido el origen del todavía conocido como Barrio Nuevo, en el que diversos documentos de compra venta posteriores señalan la presencia de población hebrea.

De esos tres siglos han llegado hasta nosotros el nombre de varios de aquellos judíos bejaranos, como los del médico Rabí Ça; el zapatero Samuel de la Tetilla; Isaque Albuer, de profesión ganadero, e incluso recaudadores de impuestos como Simuel de Medina. Pero los judíos más singulares de la aljama bejarana son otros dos de los que nos queda algo más que el nombre y ocupación.

A finales del XIV vio la luz en Béjar Raby Hayyim ibn Mussa. Su prolífica actividad le llevó a practicar la Medicina, traductor, poeta y ferviente defensor de su fe en algunas de las disputas apologéticas del momento. Algunos de sus argumentos se recogieron en su libro Magen va-Romav (La lanza y el escudo). Murió en 1460.

Acuarela de BarrionuevoAntes que él habitó en Béjar otra judía cuyo testimonio nos ha llegado inscrito en la piedra. Doña Fadueña era el nombre de una hebrea bejarana que podría haber vivido entre los siglos XII y XIII y cuya lápida sepulcral fue localizada en buen estado durante unas obras en Béjar en el año 1879. La losa de granito presenta una curiosa inscripción en caracteres dobles cuya leyenda ha sido traducida como “Doña Fadueña, descanse en gloria, gloriosa princesa en lo interior”.

Poco antes del decreto de expulsión nacería también en Béjar Francés de Zúñiga, importante personaje durante el reinado de Carlos V, a cuya Corte perteneció, y autor de una crónica burlesca de notable calidad. En sus escritos el propio Don Francés alude a su posible condición de converso o descendiente de judíos.

Tras la expulsión, y al menos durante los siguientes dos siglos, el Tribunal de la Inquisición practicó numerosas pesquisas y requerimientos en Béjar y su alfoz para tratar de descubrir a los criptojudíos que, tras la conversión forzosa, mantenían ritos y costumbres de su antigua fe. Aún en el 1665 el arcipreste de la iglesia de San Juan, Jerónimo González de Lucio, manifestaba en el Sínodo de Plasencia que “los cristianos viejos en Béjar no son fáciles de hallar”.

Muchos de los que se fueron en 1492 adoptaron el gentilicio de lugar que les vio nacer. Así surgieron las sagas de Béjar, Behar, Bejarano, Becerano, Bicerano y otras derivaciones del topónimo original que se repartieron, primero por otros países de Europa, el Norte de África y la actual Turquía, y posteriormente en América. Muchos de ellos viajan a Béjar cada año para rencontrarse con la tierra que da origen a su nombre y visitan nuestro museo.

* https://elpais.com/elviajero/2022-09-21/24-horas-en-bejar-la-ciudad-de-los-hombres-de-musgo.html

jueves, 11 de agosto de 2022

Ruta en bicicleta por el Centro de Portugal, por la Costa

 * https://www.eldiario.es/euskadi/andar-en-bici/rutas/centro-portugal-bicicleta-sao-pedro-da-afurada-obidos_1_9236461.html


Juanto Uribarri

10 de agosto de 2022 21:45h

“Cuando el día se vuelva oscuro, cuando el trabajo parezca monótono, cuando resulte difícil conservar la esperanza… simplemente sube a una bicicleta y date un paseo por la carretera, sin pensar en nada más: todas tus preocupaciones desaparecerán”. Y no lo decimos nosotros, sino un personaje alto, delgado, poco emocional, irónico, ingenioso y perspicaz. Seguro que habéis oído hablar de Sherlock Holmes, a quien muchos siguen considerando mucho más real que su creador, Arthur Conan Doyle. Y si el detective más famoso de todos los tiempos hablaba en estos términos de nuestra amada bicicleta, por algo sería, amigos. Elemental, querido Watson.

Pues bien, apreciados lectores, ¿qué os parece si le hacemos caso y volvemos al centro de Portugal para recorrer, sin prisas y con muchas ilusiones, las cinco etapas que ya os habíamos presentado en 'Andar en bici'? Portugal, un país que tenemos al lado, barato, acogedor y perfecto para recorrer en bicicleta. Y su región central, entre Oporto y Lisboa, sigue siendo en gran medida desconocida. Playas de inmensos arenales, resguardadas por dunas y pinares, con arena blanca y fina y un agitado mar de un azul profundo... rebosantes de imágenes de gran belleza que podemos descubrir en este paseo a lo largo de la que algunos siguen llamando la Costa de Plata. Van a ser unas vacaciones con algo de ejercicio, pero sin ninguna preocupación. No olvidemos que la vida es un regalo con fecha de caducidad. ¿Qué tal si la aprovechamos disfrutando en Portugal de su lado más hermoso?

Etapa 1. São Pedro da Afurada – Ovar (43 km)

Tras una breve visita a la ciudad que dejó su nombre a toda una nación, Oporto, la furgoneta de Flavio nos conduce a São Pedro da Afurada y en el corto trayecto aún podemos observar en el Duero los antiguos rabelos, que transportaban el vino de las fincas productoras hasta la desembocadura antes de la construcción de los diferentes embalses que hicieron navegable el río, mientras el vehículo nos dirige hacia su estuario, donde aparece el pequeño pueblo de pescadores que va a ser nuestro lugar de partida. São Pedro es un barrio con una arraigada tradición pesquera, de calles tranquilas, con casas bajas de vistosos colores, y habitada por gentes amables que te desean buenas tardes a pesar de ser forastero.

Su muelle es visitado a diario por las 'lavadeiras', que no se sabe si lo hacen porque creen que su ropa aquí queda más limpia que en la lavadora o para mantener la tradición. Lo que se percibe a simple vista es que el lavadero es un lugar de encuentro vecinal. Una vez lavada la tienden en pleno muelle, donde la luz del sol y la brisa del mar terminan de darle magia a toda la escena. Y envueltos en esa magia, acondicionamos nuestras monturas y emprendemos la ruta, pedaleando extasiados por la ciclovía en busca del estuario del Douro, que simplemente se diluye en el descomunal océano.

Siempre por el carril bici vamos enlazando una 'praia' tras otra hasta detenernos, atónitos, en una de ellas: nos ha atraído la visión inaudita de una ermita en medio de la playa. La Capela do Senhor da Pedra no es un templo especialmente bello, pero su encanto reside en su peculiar ubicación, a la que se accede a pie sobre la fina arena, y en la historia que tiene detrás. La leyenda cuenta que fue levantada en agradecimiento por parte de un marinero que salvó su vida de forma milagrosa. Hoy semeja un lugar de poder que se eleva 7 m por encima del poderoso Atlántico para servir como freno divino a las embestidas de las olas.

Tras la impactante sorpresa, retomamos la ruta en pos de Rita, que nos lleva de playa en playa hasta llegar a Espinho. Cuando en la península ibérica no se estilaba eso de tostarse en la playa y darse un chapuzón en el mar, lo que era un pequeño pueblo de pescadores se fue convirtiendo en uno de los epicentros del denominado “turismo de baños” y las personas pudientes acudían a remojarse en el frío Atlántico, entre ellos muchos españoles. Y, poco a poco, la tradición pesquera empezó a convivir con el turismo. Fruto de esa herencia, la ciudad cuenta con un barrio pesquero que configura su espacio más singular y pintoresco. Entre casas bajas con ropa tendida en las puertas y pequeños corros con animadas tertulias, aparecen diseminadas algunas tascas que sirven pescado fresco a la brasa.

Luego el carril que nos guía se va adentrando sobre las dunas y el asfalto se convierte en madera para acercarnos a la subyugante Barrinha de Esmoriz, el humedal más importante de la costa norte de Portugal. Esta laguna costera se comunica periódicamente con el mar a través de un canal en el cordón dunar. La atravesamos por sus célebres 'passadiços' y, por supuesto, la foto sobre su famoso puente de madera es obligada.

Enseguida nos adentramos en el Parque Natural de Buçaquinho, área forestal protegida con una rica biodiversidad en una zona de pinar con estanques, jardín de plantas aromáticas y diversas instalaciones para el ocio. 

Desde este lugar hasta la Praia de Furadouro nuestra ruta discurre entre pinares, en paralelo a una carretera de circulación ahora escasa. Contemplamos el fuerte oleaje que golpea a esta playa de ambiente pesquero y surfista, pero antes de finalizar esta primera etapa queremos conocer la cercana cabeza del municipio. 

Ovar, conocida como “la ciudad del azulejo” gracias a sus más de 800 fachadas decoradas con este material, es una villa apacible en la que nos sentiremos atraídos por el maravilloso aroma de sus hornos de 'pão de ló', el tradicional bizcocho del país vecino. Su Rua do Azulejo está decorada con un colorista muestrario de la mejor azulejería portuguesa, que convierten a Ovar en un auténtico museo al aire libre que los ovarenses lucen con mucho orgullo. Dice la investigadora Maria do Rosário que los portugueses nacen en lugares con azulejos, porque los hospitales eran antiguos conventos decorados así; crecen en ciudades llenas de azulejos; se casan en iglesias con azulejos, son enterrados en cementerios ornados de la misma manera y también viajan desde estaciones donde está presente este elemento decorativo. Quizás por eso los naturales lo ven como un componente más del paisaje urbano y, sin embargo, los turistas nos extasiamos ante semejantes obras de arte. Es en la 'igreja' de Nossa Senhora do Amparo de la próxima Válega donde el arte del azulejo alcanza su cénit, lo que la hace ser reconocida como 'la Capilla Sixtina' portuguesa. Nosotros la vemos en un momento en el que el sol proyecta sus rayos sobre el muestrario de azulejos, dotándolos de un soberbio color y viveza.


La 'igreja' de Nossa Senhora do Amparo de Válega, donde el arte del azulejo alcanza su cénit JUANTO URIBARRI

Es quizás el momento de buscar un lugar para una animada cena donde repasar todas las maravillas que hemos descubierto. En la playa de Furadouro, con una zona comercial de calles pavimentadas por unos artistas llamados calceteiros y un paseo marítimo que congrega a decenas de visitantes, y con la ayuda de nuestros dos guías el ambiente nos resulta aún más relajante.

Etapa 2. Ovar – Praia de Mira (59 km)

Con ilusiones renovadas comenzamos nuestro paseo de hoy pedaleando a la orilla del Canal de Ovar, una laguna litoral poco profunda que constituye el mayor de los tres canales principales de la ría de Aveiro. Nos hallamos en el cordón litoral que separa dicha ría del mar, lo que permite a los veraneantes, sin grandes desplazamientos, optar por el mar bravo o las aguas tranquilas de la ría. En el Km 11 de la ruta de hoy dejamos a nuestra izquierda el Ponte da Varela, que nos llevaría por carretera a Aveiro, pero Rita y Flavio tienen un plan mucho mejor para nosotros.


La de Ovar es una laguna litoral poco profunda que constituye el mayor de los tres canales principales de la ría de Aveiro JUANTO URIBARRI

Durante el recorrido por las marismas nos sorprenden unos curiosos barcos veleros planos y alargados, en los que destaca la forma curva de su elevada proa. En las orillas de la ría varan estas embarcaciones denominadas 'moliceiras', curiosas en su diseño y decoración, que se utilizaban para transportar las algas recogidas en los fondos para servir como abono agrícola. Es imprescindible acercarse hasta el puerto de Torreira, para contemplar una auténtica exposición de estas 'moliceiras' pintadas con estridentes colores. Actualmente estas barcas navegan únicamente con fines turísticos. 

Poco después, nos adentramos en la Reserva Natural das Dunas de São Jacinto, una zona con playa, dunas móviles y fijas, bosques de pinos silvestres y charcas de agua dulce, lugar de paso para aves acuáticas. Así llegamos al pueblo pesquero de São Jacinto, donde la sorpresa que Rita nos había anunciado está a punto de producirse: un ferri parece esperar nuestra llegada para cerrar su cadena de acceso e iniciar la travesía en 15 minutos de la ría de Aveiro. Las bicis navegan bien ancladas a popa y nosotros nos situamos a proa para que nuestra joven amiga nos vaya comentando todo lo que estamos viendo en esta desembocadura del río Vouga que configura la ría de la populosa e industrial localidad de Aveiro, comprobando que los tres canales entran ciudad adentro creando una división natural entre los barrios más antiguos y los más nuevos. No es de extrañar que algunos la llamen “la Venecia portuguesa”, aunque quizás resulte un tanto exagerado ese nombre. Nosotros optamos por dejar la visita de esta ciudad para otra ocasión, con miedo de que el encanto de nuestra ruta pueda perderse entre el bullicio y el tráfico de la urbe.


Al llegar a la orilla opuesta, lo hacemos junto al Forte da Barra, que incluye un faro tradicional y dos muelles que custodian la desembocadura del río. Construido en el siglo XVII, dos centurias después la fortaleza perdió su importancia defensiva, aunque se siguió usando para guiar la entrada de embarcaciones al puerto, pero esto dejó de ser necesario cuando se construyó el esbelto Farol de Aveiro, el más alto de Portugal. Tras deambular por las instalaciones del puerto y tomarnos una cerveza en una coqueta tasca junto a una ermita con sabor a barrio pesquero, proseguimos ruta atravesando el canal por el Ponte da Barra, que tiene habilitado un estrecho paso lateral para bicicletas.


Montando en un ferri en el pueblo pesquero de São Jacinto JUANTO URIBARRI

Y muy cerca una nueva sorpresa: casas y más casas a rayas de variados colores. Estamos en Costa Nova, un arcoíris de colores vivos y optimistas que se nos muestra como una barrera cromática entre la apaciguada ría al este y el furioso Atlántico al otro lado del caserío, donde está la playa. Pero esa imagen de casas de cuento a rayas no siempre fue así. Los pescadores, llegados del norte de la ría atrapados por el desarrollo industrial de Aveiro, utilizaron estos 'palheiros', pintándolos de rojo y blanco con líneas horizontales. Pero el tiempo pasó y, mientras en otras zonas próximas los 'palheiros' fueron abandonados a su suerte, los lugareños tiraron de imaginación y esos pajares de madera, de un solo piso y sin tabiques en los que guardaban sus útiles de pesca, comenzaron a transformarse en pequeñas casas de veraneo. Los burgueses de entonces, para distinguirlas de las tradicionales casetas de pescadores, cambiaron las líneas horizontales por verticales e introdujeron nuevos colores como el amarillo, el azul, el verde… forjándose así uno de los pueblos más emblemáticos de la costa portuguesa.


Costa Nova es un arcoíris de colores vivos y optimistas que se nos muestra como una barrera cromática entre la apaciguada ría al este y el furioso Atlántico al otro lado del caserío, donde está la playa JUANTO URIBARRI

Todavía sorprendidos continuamos ruta, con el canal a nuestra izquierda y las dunas a la derecha, que anuncian la proximidad de playas que se unen unas a otras prácticamente sin solución de continuidad. Es esta una zona de poco tráfico que nos acerca definitivamente a nuestro punto de descanso del día: la Praia de Mira. Para entender el porqué de este nombre, solo hace falta 'mirar' el efecto que la luz del sol produce en el brillo de los mil colores del paisaje. Y al llegar junto a la playa, vemos a un grupo de personas arremolinadas y nos acercamos para ver qué está ocurriendo. Tractores, barcas, redes y un sinfín de gaviotas hambrientas. 


El canal de Mira JUANTO URIBARRI

En este único arenal europeo que siempre ha lucido la bandera azul, asistimos a un arte de pesca ancestral: la 'xávega'. Porque en estas costas donde las playas abiertas no permiten puertos pesqueros y el océano azota con una fuerza inusitada, los pescadores se adentran en el mar con una barca de madera llamada 'bateira' y sueltan las redes. Acto seguido, regresan a la playa con una larga cuerda atada a la red, anudando el cabo a una polea instalada en un tractor para que la recoge arrastrando todo lo que pilla a su paso. Esta vez no ha habido suerte y lo arrastrado se devuelve al mar, pero hemos asistido a un espectáculo único.

Luego admiramos el monumento que representa a una familia de pescadores y, junto a él, una capilla a rayas blancas y azules, donde las mujeres de los pescadores rezaban esperando que el mar los devolviera sanos y salvos, nos brinda un lugar de recogimiento para revivir todos los acontecimientos de la jornada.

Etapa 3. Praia de Mira – Figueira da Foz (60 km)

Hoy nos vamos a enfrentar a la única ascensión de toda la ruta por la costa del Centro de Portugal, pero sin asustarse, que tampoco es para tanto. Nos encontramos de salida con una ría natural: la Barrinha de Mira. El cambiante paisaje, en tan corta distancia, entre el pueblecito pesquero y la población del interior ofrece una maravillosa progresión desde las poderosas olas del Atlántico hasta la ría y los pinares que rodean la localidad de Mira, rodeada de dunas de arena, bosques de pinos y lagunas, que se extienden hasta la serra da Boa Viagem. Y hasta ese punto, donde nos espera el reto del día, nos dedicaremos a recorrer 'lagoas', riberas, canales y dunas, muchas dunas. 


La Barrinha de Mira (1) JUANTO URIBARRI

En pocos kilómetros llegaremos a Tocha que, como sucede en tantos pueblos de la comarca, tiene mucho más reconocimiento por su playa que por el caserío matriz, pues su arenal es uno de los lugares donde mejor se conserva el patrimonio cultural de la zona, los 'palheiros'. Nosotros ya hemos visto muchas playas y quizás prefiramos seguir avanzando, atravesando primero la gran extensión de las Dunas de Gándara, Mira y Gafanhas hasta llegar a Quiaios. A lo largo de ese campo de dunas, es posible identificar depresiones dunares y un rosario de pequeños lagos de gran belleza y riqueza ornitológica y botánica. Nos hallamos en la parroquia del Bom Sucesso, cuyo topónimo tuvo su origen en el hecho de que se creía que las aguas de esos estanques de agua dulce eran milagrosas, pues la gente decía que curaban diversas enfermedades a quienes se bañaban en ellas y rezaban a Nossa Senhora dos Remédios.

Quiaios tiene en su playa y la de Murtinheira los lugares más visitados, especialmente por los apasionados de los deportes acuáticos. Pero nosotros elegimos no dilatar más nuestro gran reto y abordamos la ascensión por una carreterita estrecha, bordeada de eucaliptos y mimosas, hasta la Serra da Boa Viagem, en medio de un extenso parque forestal y con un par de 'miradouros' maravillosos. Desde el de Vela se puede ver la isla de Morraceira, las salinas de la ría de Mondego y la ensenada de Buarcos a Figueira da Foz; y en el punto más alto accesible en bici, el Miradouro da Bandeira nos permite admirar toda la costa norte, tan recta que parece trazada con escuadra y cartabón.

Ya solo nos queda dejarnos caer hacia el Cabo Mondego, el único punto acantilado de la costa central portuguesa. Este impresionante conjunto de rocas arrugadas que invaden el mar se ha convertido en referencia mundial como el único lugar del planeta donde, desde el punto de vista estratigráfico, es posible estudiar rocas de 170 millones de años de antigüedad y la génesis del océano Atlántico. Y en él destaca la grandiosa imagen de su Farol, cuya foto inolvidable obtendremos desde un nuevo mirador en el descenso hacia el final de etapa.


El Miradouro da Bandeira permite admirar toda la costa norte, tan recta que parece trazada con escuadra y cartabón JUANTO URIBARRI

Llegamos así a Buarcos, villa pegada a Figueira da Foz, donde se conservan las casas marineras de dos plantas y otras más señoriales. Rodamos junto al fuerte y las murallas que pertenecían al sistema defensivo construido cuando el río Mondego dividía los territorios cristiano y musulmán. Sobre las murallas se alza una pequeña ermita, la Capela da Senhora da Conceiçao, que mira al mar. 

Y por el paseo marítimo arribaremos finalmente a Figueira da Foz, así llamada porque se sitúa en la desembocadura ('foz') del río Mondego. Se trata de una ciudad cosmopolita y llena de vida, que ganó importancia desde finales del s. XIX cuando “ir a bañarse a Figueira” era una costumbre entre la aristocracia del Centro de Portugal. Es uno de los centros turísticos más relevantes del país, no solo por sus playas de arena dorada, sino también por su célebre casino. El Forte de Santa Catarina, con su faro, sigue siendo un referente histórico de la ciudad. También visitaremos la iglesia de Santo Antonio, la Casa do Paço, el palacio do Visconde do Maiorca, la Plaza Europa y su parque y el Mercado Municipal. Y, tras el entretenido paseo, ha llegado el momento de buscar un restaurante para degustar los ricos platos de la comarca. A nosotros nos encantó la magia del Volta e Meia: hacednos caso.

Etapa 4. Figueira da Foz – São Pedro de Moel (63 km)

Marcharnos de Figueira da Foz supone subir al cielo, por cuanto el puente colgante de Edgar Cardoso nos eleva muchos metros por encima de la desembocadura del Mondego. Atravesarlo resulta complicado en bicicleta, pero nosotros lo hacemos por el paso peatonal con unas vistas espectaculares.

Luego rodamos por las poblaciones de Lavos y Palão, para introducirnos en la Mata Nacional do Urso, cuyos pinos fueron plantados durante siglos para la protección de las dunas y su madera, que fue utilizada para la construcción de carabelas, “nuevos mundos al mundo” de la mano de los navegantes portugueses. La leyenda cuenta que su nombre proviene de la lucha del rey Dinis con un oso, a la que hay una imagen alusiva en un retablo de la iglesia de Rainha Santa Isabel en Coimbra.


La Estrada Atlántica JUANTO URIBARRI

Pedalearemos próximos a algunos pequeños lagos, gozando de toda la fragancia aromática del entorno. Y en la Lagoa da Ervedeira nos detenemos a admirar sus mansas aguas, porque Flavio nos ha preparado un buen refrigerio. Al acabar, las pasarelas de su ribera nos conducen otra vez a la Estrada Atlántica hasta llegar a Pedrogão, que triplica sus habitantes en verano gracias a su playa kilométrica repleta de dunas que le dan un aspecto salvaje. 

Visitamos a continuación la Praia da Vieira y nos adentramos en el Pinar de Leiria, mandado plantar por el rey Alfonso III, en el s. XIII, con el objetivo de frenar el avance de las dunas, así como proteger la ciudad de Leiria, su castillo y sus tierras agrícolas de la degradación causada por las arenas arrastradas por el viento. Sería sustancialmente ampliado por Don Dinis I, en la siguiente centuria, cuya estatua con su santa esposa deja constancia del reconocimiento de las gentes de la región.


La estatua de Don Dinis I con su esposa deja constancia de su huella en la zona JUANTO URIBARRI

Antes de finalizar, la ruta nos lleva al Farol do Penedo da Saudade, que significa algo así como “roca de la morriña”, la que sentía la duquesa de Carminha cuando acudía aquí a llorar la muerte de su marido, el marqués Luis de Noronha, ejecutado por alta tradición. Si no nos dejamos intimidar por las alturas, nos asomaremos al acantilado y subiremos a la torre del faro para observar de un vistazo todo el recorrido de la jornada y, a nuestros pies, el final de etapa.

Arropado por un espeso bosque de pinos, São Pedro de Moel es un agradable y elegante pueblo costero de casas encaladas que, entre calles adoquinadas, miran a la inmensidad del Atlántico. Sus elegantes mansiones y chalés se llenan en verano de familias de la clase media-alta de Lisboa para disfrutar de unas vacaciones marcadas por la tranquilidad y la desconexión. Porque São Pedro de Moel no tiene ni discotecas, ni una retahíla de hoteles, restaurantes y bares, para albergar un turismo más selecto que desea olvidarse del estrés entre playas casi salvajes y un agradable aroma a pino y a sal. Este pequeño edén, en el que hacemos noche, enamoró hasta el mismísimo José Saramago, que calificó a la localidad de “incomparable” en su imprescindible obra 'Viaje a Portugal'. 


El Farol do Penedo da Saudade JUANTO URIBARRI

Etapa 5. São Pedro de Moel – Óbidos (64 km)

La última etapa nos espera para dejarnos el mejor de los recuerdos. En su busca partimos para llegar enseguida a la playa de Pedra do Ouro, llamada así porque en las laderas negras que la rodean fueron encontrados fósiles de amonitas con forma de espiral y de color dorado. A poca distancia otra playa, la de Paredes de Vitória, aparece enmarcada por dos laderas muy conocidas por los practicantes de parapente. Su amplio arenal posee un curioso peñasco denominado 'castelo', que lo separa de la vecina playa de Polvoeira.

La siguiente meta volante la tenemos en la playa más conocida mundialmente quizás de todo Portugal, por lo menos entre los surfistas. Pero no queremos privarnos antes del espléndido espectáculo que se divisa desde el Sìtio de Nazaré, desde donde disfrutaremos de una de las más conocidas panorámicas de la costa portuguesa. En lo alto de esos 318 m de roca que cae en picado hacia el mar, nos encontramos la pequeña Ermita de la Memoria, en la que se cuenta la leyenda del milagro obrado por la Virgen al impedir que el caballo de un hidalgo cayese al vacío. Verdad o no, en el mirador de Suberco se puede ver la señal dejada en la roca por la herradura del corcel. Es pura magia contemplar cómo al atardecer la arena de la playa de Nazaré va cambiando de tonalidades a medida que el sol se oculta en el Atlántico. Junto al mirador se levanta un pequeño monolito con una cruz en la que se recuerda que Vasco de Gama acudió a rezar ante la imagen de Nossa Senhora da Nazaré antes de realizar su primer viaje a la India. Es esta una iglesia barroca en la que los azulejos cautivan a los miles de peregrinos y visitantes que le rinden homenaje continuo. La enorme plaza que la rodea y las múltiples tiendas de souvenirs sirven de marco a la estampa más turística de toda nuestra ruta.


El Farol da Nazaré JUANTO URIBARRI

Una estrecha carretera conduce de la citada iglesia mariana al Farol da Nazaré, la mejor grada para contemplar a esos surcadores de los rascacielos de agua, que, por efecto del característico Cañón de Nazaré, han alcanzado los 30 m de altura a lomos de las olas. Es aquí donde nació Nazaré que a partir del siglo XVIII, con el retroceso del océano, se trasladó al pie del promontorio. Y por fuerte y empinada cuesta, descenderemos hacia su largo arenal en forma de media luna en el que destacan los toldos de vivos colores que decoran la playa de arena blanca en contraste con el azul marino. Aunque alguno quizá prefiera bajar en el popular ascensor que salva ese enorme desnivel. Para conocer Nazaré nada mejor que dar un tranquilo paseo por sus calles y parar en uno de sus restaurantes para saborear un plato con sabor a mar. En la 'praia' también se despliegan las vendedoras de pescado seco, alguna vestida con las 'siete sayas' que marca la tradición, y podremos pasear relajadamente por el gran paseo marítimo sintiendo la brisa del océano. Y, al caer la tarde, nada como disfrutar de una inolvidable puesta de sol. 


Vista de Nazaré JUANTO URIBARRI

Si seguimos la ruta, llegaremos a São Martinho do Porto, con su bahía en forma de concha, ligada al océano por una estrecha abertura, lo que causa la tranquilidad de sus aguas. Pero esta coqueta villa ofrece también otros puntos de interés, como su Mirador, con una vista privilegiada de toda la bahía, el Faro del Morro de Santo António, o su Túnel, que sirve de nexo entre las aguas calmas de la bahía y las agitadas del Atlántico. 

En apenas 10 km llegaremos a Foz do Arelho, bañada por un lado por la Lagoa de Óbidos y por el otro por el océano. Frente a nosotros está la hermosa e inmensa Lagoa de Óbidos, que se extiende desde las suaves colinas hasta las grandes dunas de su borde occidental, donde se encuentra con el mar. Su playa describe una suave curva hacia el interior de la laguna y el pueblo de Nadadouro. En el agua, la gente puede caminar por las aguas poco profundas que aparecen por todas partes. Tal topónimo hace referencia a que los pastores tenían la costumbre de conducir a sus rebaños hasta la laguna, donde aprovechaban para solazarse en tan divino 'nadadero'.


São Martinho do Porto, con su bahía en forma de concha, ligada al océano por una estrecha abertura, lo que causa la tranquilidad de sus aguas JUANTO URIBARRI

Y solo nos queda ya el colofón espléndido de una ruta sin parangón. El pueblo medieval de Óbidos es uno de los más pintorescos y mejor conservados de Portugal. Ocupado antes de que los romanos llegaran a la península, el 'oppidum' prosperó desde que el rey Don Dinis se lo regaló a su esposa Doña Isabel, pasando a pertenecer a la Casa das Rainhas, conjunto de bienes que otorgaban los monarcas lusos a sus esposas, que la fueron mejorando y enriqueciendo. Intramuros encontramos un laberinto de calles y casas blancas que fascinan a quien por allí pasea entre pórticos manuelinos, ventanas floridas, pequeñas plazas y algunos de los rincones más auténticos del medievo portugués. Para introducirnos en este mundo mágico, dejamos fuera el acueducto de la reina Catarina de Austria (s. XVI) y entramos por la Porta da Vila que da acceso a la Rua Direita, donde se asientan la mayor parte de las tiendas de 'souvenirs' y restaurantes. Es una calle empedrada, de colores blanco, amarillo y azul, que se convierte en gran parte del año en una especie de mercado medieval donde degustar el típico chocolate y la sabrosa 'ginjinha'.


El pueblo medieval de Óbidos es uno de los más pintorescos y mejor conservados de Portugal JUANTO URIBARRI


El imponente castillo de Óbidos, que se guarece gracias a la muralla JUANTO URIBARRI

Visitando sus 'igrejas' de Santa María y su picota, la de Santiago, convertida hoy en biblioteca, el castillo y las murallas y, en los alrededores, un nuevo Santuario del Senhor da Pedra, es como si nuestro recorrido costero por el Centro de Portugal hubiera encontrado un final redondo, volviendo a su inicio a orillas del Duero que nos ha traído hasta aquí, a un paso del Tajo que nos espera para seguir descubriendo Portugal, un país sin visitar, al que parece que nunca da tiempo llegar. Ya estáis tardando.

jueves, 7 de julio de 2022

Ruta en bici o a pie por la llanura Alavesa

 * https://www.eldiario.es/euskadi/andar-en-bici/rutas/basquetour/gran-ruta-cicloturista-llanada-alavesa-paraiso-arte-pueblos-cargados-historia_1_9149866.html

La gran ruta cicloturista por la Llanada Alavesa, paraíso de arte y pueblos cargados de historia

Como cualquier terreno llano, es una oportunidad para hacer muchos kilómetros sin excesivas dificultades para los cicloturistas que prefieren que la bicicleta no se incline demasiado.


Javier Sánchez-Beaskoetxea

6 de julio de 2022 21:46h


di es un paraíso para el cicloturismo. Sus paisajes, montañas y valles hacen que cualquier ruta en bicicleta se convierta en una sucesión de postales a cada cual más hermosas. Si echamos la vista al territorio de Álava, el territorio de Euskadi con más áreas naturales protegidas, vemos que en su zona centro hay una extensión de terreno más o menos llana. Es lo que se conoce como Llanada Alavesa, y como cualquier terreno llano, para los cicloturistas que prefieren que la bicicleta no se incline demasiado, es una oportunidad para hacer muchos kilómetros sin excesivas dificultades.

Una de las rutas que los organismos promotores del turismo activo en Euskadi están dando a conocer es la Gran ruta cicloturista por la Llanada Alavesa. Es un poco larga, es cierto. Son 119 km en total, pero está pensada para poder hacerla en dos o tres días, pernoctando en algunos de los pueblos de la zona. Además, como no tiene demasiadas cuestas, salvo una zona, no va costar tanto hacer bastantes kilómetros del tirón.


Los detalles de la ruta ELENA J. GÓMEZ

Si somos ciclistas habituales, al no ser una ruta difícil, es posible hacerla perfectamente en una jornada sin prisa, parando en los lugares más bonitos y disfrutando del entorno.

En esta gran ruta se unen buena parte de las diferentes rutas que atraviesan o recorren Álava, como son: la vuelta al Anillo Verde de Vitoria, la vía verde del antiguo ferrocarril vasco-navarro, la ruta verde del embalse de Ullíbarri-Gamboa, el PR-A 13 Camino Real de las Postas y el Camino de Santiago (Camino del interior). Además de la belleza del entorno, es un recorrido que nos acerca a monumentos megalíticos, edificaciones románicas y pueblos fortaleza, a donde podemos llegar con pequeños desvíos del recorrido principal.

Vamos a analizarla aquí dividiéndola en dos etapas: una de Vitoria hasta Agurain, y la otra de regreso a Vitoria cerrando el círculo. En Agurain tenemos varios lugares donde comer y dormir, por lo que es un buen punto donde partir la ruta en dos.

Etapa 1: Ataria-Agurain, 69 km

Salimos del Centro de Interpretación de Naturaleza de Ataria, en las afueras de Vitoria para dirigirnos al norte, hacia el embalse de Ullibarri-Gamboa, al que daremos casi la vuelta completa por unos caminos y senderos tranquilos, disfrutando de la fauna y del paisaje del embalse. El camino, que se ajusta casi a la perfección a las orillas del embalse, es fácil, sin apenas cuestas, y encontramos más de un rincón en el que pararnos un momento a disfrutar del recogimiento del agua embalsada y de las numerosas aves acuáticas que nos salen al paso. Por el norte, el Gorbeia se asoma a vernos.

Tras terminar este perímetro del embalse, conectamos con el Camino Real de Las Postas. Su nombre viene de que por aquí iban los correos que durante varios siglos salían hacia Francia. A través de varias pistas, en las que nos vamos a topar con las únicas dificultades de toda la ruta en forma de cuestas, vamos hacia Galarreta y Zalduendo. Si queremos evitar estas subidas, podemos ir directamente hacia Agurain por una carretera llana sin mucho tráfico.

Concebida como fortaleza en el siglo XVI, la iglesia de San Juan Bautista merece un alto en el camino para hacerle una visita JOSÉ MIGUEL LLANO

Entre Zalduendo y Agurain pedaleamos por un tramo fácil del Camino de Santiago interior. Ya en Agurain, podemos dormir y recuperarnos allí.

Etapa 2: Agurain-Ataria, 50 km

Esta segunda etapa es más corta y más llana que la anterior. Seguimos por el Camino de Santiago para salir de Agurain hacia Elburgo, uno de los pequeños pueblos que encontramos en la ruta. Un municipio con no pocos edificios históricos que ver, de ahí el numeroso turismo rural que lo visita. Seguimos viaje pedaleando sobre el trazado de la antigua vía romana que unía Burdeos con Astorga. Cerca del Santuario de Estíbaliz entramos en el ramal de la vía verde del ferrocarril vasco-navarro. Merece la pena desviarnos un poco de la ruta para subir a este Santuario tan querido por los alaveses y visitar su Basílica y el Centro de Interpretación del Románico, donde aprenderemos mucho sobre este estilo constructivo.



El santuario de Estíbaliz JOSÉ MIGUEL LLANO

Ya en la vía verde del antiguo ferrocarril vasco-navarro, vamos a disfrutar durante unos kilómetros de un trazado fácil y llano pedaleando junto a campos de labranza que, según la época del año en la que hagamos la ruta, nos van a presentar sus diferentes y coloridas vestimentas. Ya en las afueras de Vitoria, conectamos con su afamado Anillo Verde, cuya vuelta completa suma unos 30 kilómetros de ruta tranquila. Nuestra ruta no recorre el total del Anillo ya que finaliza al llegar de nuevo al Centro de Interpretación de Naturaleza de Ataria.


Los humedales de Salburua integran el afamado Anillo Verde de Vitoria JOSÉ MIGUEL LLANO

Consejos:

Se puede hacer en una bici de montaña, aunque para este tipo de caminos la bici de gravel es perfecta, ya que nos da seguridad en las pistas y a la vez nos permite rodar más rápido con menos esfuerzo que en una 'mountain', sobre todo en los tramos de asfalto.

Es mejor hacer la ruta con tiempo seco para evitar tramos de barro, ya que buena parte del trazado rodamos por tierra y pistas.

Aunque pasamos por varios pueblos en donde repostar, si hace calor es recomendable llevar dos bidones de agua.

jueves, 30 de junio de 2022

Ruta en bicicleta por Segovia

 * https://www.eldiario.es/euskadi/andar-en-bici/rutas/segovia-bicicleta-sintiendo-cara-frio-enero-castilla_1_9109229.html

Segovia en bicicleta: sintiendo en la cara el frío de enero en Castilla

El castillo de Coca, bañado por la niebla JULEN ITURBE-ORMAETXE


En invierno esta región es como un imán y la ruta, desde el punto de vista del 'track' que se había de seguir, no tiene mucho problema.

Julen Iturbe-Ormaetxe

29 de junio de 2022 21:23h


Estos últimos días, las temperaturas en Segovia han superado los 36 grados. En enero, sin embargo, hace frío, mucho frío. ¿Cuánto? Cuando quedaron cuatro días libres en la agenda y decidimos pedalear por tierras segovianas, seis o siete grados bajo cero para empezar cada jornada. Y lo más difícil de entender es lo bien que lo pasamos.

Entrada a las Hoces de Riaza JULEN ITURBE-ORMAETXE


No era la primera vez que hacía algo parecido. Vamos, que mi reincidencia debe tener algún anclaje en la personalidad profunda. Ya le gustaría a Sigmund Freud sentarse un rato conmigo y hacerme charlar sobre la realización inconsciente de deseos y las pulsiones que me llevan a disfrutar pedaleando a semejantes temperaturas. Pero ya se sabe: la felicidad va por barrios y cada cual echa mano de lo que puede.

Los detalles de la ruta por Segovia ELENA J. GÓMEZ

La ruta, desde el punto de vista del 'track' a seguir, no tenía mucho problema. Todo era cuestión de localizar alguna que me permitiera disfrutar del frío castellano. Si soy sincero, no me planteé demasiadas exigencias. Bueno, que hiciera uso de pistas y caminos por los que lucir la bici de montaña, que fuera circular y que me condujera también por pueblos con historia. Tampoco era tan difícil, ¿no? Como tantas otras veces, me encomendé a san Wikiloc, se obró el milagro en forma de Transegoviana y, ya puestos, quise estirar un poco más el prodigio y comenzar la ruta en Milagros, que no es Segovia, pero está a las puertas y me daba una opción de alojamiento cómodo.

Allí estábamos el 2 de enero de 2019. Primera hora de la mañana y, por suerte, “solo” hay tres grados bajo cero. Nade de seis o siete. Además, como ya sabéis, a cero grados se alcanza el equilibrio: ni frío ni calor. 

Salimos por una pista paralela a la autovía N-1. Hay que cruzar el límite provincial y entrar en Segovia, que espera allá, arriba de la cuesta, en concreto en Honrubia de la Cuesta. La típica toponimia que no oculta nada, ¿verdad? Con frío, se agradece subir. Con frío duele bajar. Pero es lo que hay. Tras coronar, entramos en ese tipo de pista de color rojizo que tan bien conocemos los velocipedistas de monte. La arcilla es la arcilla. Virgencita, virgencita, que no le dé por llover.

Me encomendé a san Wikiloc, se obró el milagro en forma de Transegoviana y, ya puestos, quise estirar un poco más el prodigio y comenzar la ruta en Milagros, que no es Segovia, pero está a las puertas y me daba una opción de alojamiento cómodo

Mis rutas de invierno son momentos de Cola-Cao. Vaya por delante que no lo tomo habitualmente, pero qué queréis que os diga: ponte a bajo cero con la bici y cuando, por fin, paras en un bar, “¿Qué vas a pedir?” “Por favor, ¿me pone un Cola-Cao bien, pero bien caliente?”. Porque esa es otra: cuando te ven entrar en el bar y fuera hace un frío del carajo, lo que básicamente siente la gente por ti es pena, una pena infinita. Así que Fuentesaúco inauguró la también denominada Ruta del Cola-Cao. Segovia en enero es así.

Poco después, llegamos a Fuentidueña. Es obligado pasar por los alrededores del castillo y su necrópolis medieval. Que no se diga que los cadáveres no están bien aireados. Con este frío y la brisa heladora, se tenían que conservar de maravilla. Ya, ya, pero luego Lorenzo en pleno verano hará estragos, ¿no? Bueno, dejémonos de muertos medievales, que nadie nos ha invitado a la fiesta. Vamos para Cuéllar, que allí sí que hay un buen 'Exin Castillos' y será, además, nuestro primer final de etapa. Por fin, a la una del mediodía sale el sol. Gloria bendita, sentados junto a la pared de un convento. Éxtasis. Pura mística del pedal invernal en Castilla.

La mañana del segundo día nos obsequia con el premio gordo. Seis bajo cero y una niebla de esas que es pura alegría. Hay que animarse como sea. Vale, a las doce ya ha subido a cuatro bajo cero y parece que la niebla empieza a despejar. Fiesta por todo lo alto. En cualquier caso, las plantillas calefactables para los pies son un invento apoteósico. Luego, las tres capas de camiseta térmica, chaqueta ligera y la chaqueta de Goretex cumplen su función. Si a esto le añades una dosis adecuada de convicción personal y autoengaño —podía ser peor y ponerse a nevar—, la ruta empieza a ser agradable. Que conste que la cencellada es espectacular. Hay que fotografiarla a toda costa y no veáis lo que supone quitarse los guantes y verte unos dedos que casi ya ni lo son. Tiene su aquel fotografiar en estas condiciones.

Enlazamos con una vía del Camino de Santiago. Como todo el mundo sabe, es imposible hacer una ruta de larga distancia en bici dentro de la Península Ibérica sin toparse con flechas amarillas. Hasta ahora no se sabe de nadie que lo haya conseguido. Dejamos atrás Coca y Carbonero de Hausín, hacemos trampa por un atajo hacia Peñarrubias de Tirón y, por fin, llegamos a Turégano. Entre campos abiertos y suaves lomas, el camino nos regala un fangal incomprensible. ¿Os acordáis de la arcilla? Pues algo parecido, pero de color más grisáceo. ¡Menos mal! ¡Hay estación de servicio con lavadero! “Lo siento, el sistema de lavado está estropeado por las bajas temperaturas”. Miseria. Plan B: a una fuente y que sea lo que Dios quiera. El milagro del día, no obstante, es el suelo radiante de la posada en la que me hospedo. Se me caen las lágrimas de placer. El mundo es maravilloso.


La Plaza Mayor, una estampa típica de Sepúlveda JULEN ITURBE-ORMAETXE

El tercer día de ruta nos llevará hasta Riaza. Toca, además, hoyar el recinto amurallado de Pedraza. El panorama ha cambiado. Nada de niebla. Desde primera hora luce el sol. Lo siento, pero es un bluf. Vaya mierda de sol. Siete bajo cero y sol. Valiente cantamañanas. Para eso, que ni salga. Vergüenza debería darle. Decía que Pedraza quedaba en el camino. Ni un alma allá arriba. ¿Quién va a salir con semejante desplome de las temperaturas? Seguimos: Orejanilla, Valleruela de Sepúlveda y, por fin, Villar de Sobrepeña. Aquí se coge una encantadora senda junto al río Duratón hasta alcanzar el puente de Talcano, a los pies de Sepúlveda 'city'. Arriba, en el 'down town', otro Cola-Cao en una terracita al sol. Continuamos hasta nuestro fin de etapa en Riaza, pero antes enlazamos con la Cañada Real Segoviana. Por donde antes pasaban ovejas ahora pasan ciclistas. Cosas del progreso. 

En la última jornada, cerramos el bucle y regresamos a Milagros —que haberlos, haylos—, donde habíamos dejado el coche. Nuestra particular trashumancia nos conduce a través de la Cañada Real Soriana Occidental, un tramo estupendo repleto de charcos helados. Crac, crac, crac. Tras algo más de veinte kilómetros, llegamos a Ayllón. El termómetro de la plaza se empeña en insultarme: “Te recuerdo que estamos a seis bajo cero, imbécil”. Lo único que se me ocurre es meterme un pincho de tortilla en una tasca de la plaza. “¿Se lo caliento?”. No, me lo sacas un rato a la fresca y luego, si eso, ya lo ingerimos cual helado de tortilla. Qué gracioso el camarero.

Queda poco para terminar la ruta. Maderuelo invita a callejear. Abajo, el embalse de Linares del Arroyo echa humo. La sensación de frío sigue aquí. Estoy pesado, ¿verdad? Encuentro otro establecimiento abierto. Cola-Cao de mis amores. Ya solo hay que pedalear por las hoces del Riaza mientras los buitres andan a lo suyo. Alcanzada la ermita del Casuar, subo hasta Montejo de la Vega de Serrezuela y luego pedaleo ágil en bajada por una zona cultivada, gracias a que el río Riaza, de repente, se vuelve amable. 

En fin, no ha sido para tanto, ¿no? ¿Te animas? Yo, confieso, soy repetidor. El frío conserva, no lo olvides. Castilla en invierno es como un imán. Hasta la próxima ruta. Rodamos suave suave.